Nicolás Ávila

Experto en marca personal y docente de Academia We

Durante mucho tiempo creímos que estar en redes sociales era sinónimo de tener muchos seguidores. Que crecer era sumar números. Que la validación llegaba en forma de likes, vistas y métricas.

Pero después de años creando contenido —y equivocándome bastante— aprendí algo clave: ese no es el verdadero juego. Y entenderlo cambia por completo la forma en que te parás frente a una cámara, un proyecto o una idea.

El error más común al empezar en el mundo digital es pensar que el objetivo final es la exposición. Más alcance, más vistas, más gente mirando. Como si la cantidad garantizara valor. Como si ser visto fuera lo mismo que ser relevante.

No lo es.

Imaginá esto: estás parado en un escenario con 800 personas mirándote… y no sabés qué decir. No tenés mensaje, no tenés claridad, no sabés cómo ayudar. En ese momento entendés algo básico pero potente: no importa cuántos te miran, importa qué podés ofrecer cuando lo hacen.

Ahí cambia el enfoque. Dejás de perseguir atención y empezás a construir aporte.

Del mostrar al conectar

Las redes sociales no son solo una vidriera. Son un puente: entre lo que sabés, lo que hacés y las personas a las que eso les puede servir.

Pero para que ese puente funcione, no alcanza con mostrar. Hay que comunicar con sentido.

No se trata solo de publicar contenido. Se trata de construir una presencia digital que puedas sostener en el tiempo: una forma de hablar, de explicar, de contar experiencias. Algo reconocible. Algo que tenga coherencia. A eso hoy le llamamos marca personal, pero en el fondo es algo más simple: que la gente entienda quién sos y qué podés aportar.

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Las personas no conectan únicamente con lo prolijo o lo producido. Conectan con lo entendible y con lo creíble. Con historias reales, procesos, aprendizajes y también errores.

Un ejemplo cotidiano: alguien abre un local de productos orgánicos. Puede subir fotos perfectas del espacio y del packaging. Eso muestra el resultado. Pero cuando cuenta por qué decidió abrirlo, qué problema veía en el consumo, qué le costó arrancar, qué fue probando hasta que funcionó —ahí aparece la conexión.

El resultado atrae. La historia acerca.

Los frenos invisibles

Si el planteo es tan claro, la pregunta es obvia: ¿por qué tanta gente no empieza?

Porque mostrarse incomoda. No por lo técnico, sino por lo emocional.

Los bloqueos más frecuentes se repiten en casi todos:

•El perfeccionismo que retrasa todo.

•La sensación de “todavía no estoy listo”.

•El miedo a quedar expuesto o hacer el ridículo.

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Esperamos tener experiencia, seguridad y claridad total antes de comunicar. Pero en la práctica, pasa al revés: comunicar es parte del proceso que te da experiencia, seguridad y claridad.

No hace falta hacerlo perfecto para empezar. Hace falta empezar para hacerlo mejor.

La confianza no aparece antes de la acción. Aparece después de varias acciones imperfectas.

El verdadero juego

Entender el detrás del mundo digital es dejar de correr en busca de validación y actuar con autenticidad.

No se trata de “volverte influencer”. Se trata de volverte útil. Claro. Confiable.

Y el formato no es lo central. Podés entretener con humor, inspirar con historias o educar con conocimiento práctico. El cómo cambia según tu estilo. Lo que no puede faltar es el contenido de fondo: la idea, la experiencia, el aprendizaje que le sirve a alguien más.

Esto vale tanto si querés desarrollar tu marca personal como si querés potenciar un emprendimiento o un negocio propio. Incluso cuando tu cara no es el producto principal, las personas hoy buscan saber quién está detrás. Quién toma decisiones. Quién empuja el proyecto. Qué criterio y qué valores lo sostienen.

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Desde mi experiencia, mostrarse deja de ser un acto incómodo cuando entendés para qué lo hacés: es responsabilidad con el mensaje y con el proyecto que querés hacer crecer.

¿La clave operativa de todo esto? La constancia. No como obsesión por publicar todos los días, sino como compromiso de largo plazo con lo que querés construir. Ser constante es volver, ajustar, probar de nuevo y sostener el proceso cuando el entusiasmo inicial baja.

Construir presencia digital —personal o de marca— no es un golpe de suerte ni un video viral. Es acumulación de claridad, práctica y coherencia en el tiempo.